Por Rosendo Fraga

Entre la razón y la pasión

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18.08.2010 | 14.25 Comentar   |   FacebookTwitter

Rosendo Fraga
Por Rosendo Fraga

La política —como el ser humano— es una combinación de razón y pasión. Ambos elementos conviven, y, de acuerdo a las personalidades y circunstancias, puede prevalecer una sobre otra. En este marco, Elisa Carrió es una figura que parece identificarse con la segunda como componente de la política antes que con la primera. No es que ella carezca de visión estratégica o de razonamiento táctico, sino que ante todo su impronta parece estar más decidida en ese ámbito de la voluntad donde lo pasional prima sobre lo racional. 

Carrió mantuvo coherencia en subordinar los objetivos políticos a los éticos desde que la convención constituyente de 1994 la proyectó como figura nacional.
En política se suele decir que lo más importante es saber sumar, y en su concepción, lo más importante es la coincidencia en los valores.

Es una voz potente en la política argentina, que es escuchada y lo seguirá siendo, pero que, hasta el momento, tiene dificultades para construir políticamente, sin lo cual es difícil llegar al poder y en caso de hacerlo, gobernar.

Puede decirse que ella entronca con la tradición sentada por Leandro Alem en las últimas décadas del siglo XIX y por Lisandro de la Torre en las primeras del siglo XX.

Se trata de dirigentes que tuvieron roles políticos importantes, ambos fundaron fuerzas políticas que los sobreviven     —la Unión Cívica Radical y la Democracia Progresista— y dejaron un legado ético para la política, pero nunca llegaron al poder y terminaron desilusionados con el país. Desde esta perspectiva, no es extraño lo que hoy sucede con Carrió, sino todo lo contrario: está ratificando su constante o leit motiv.

Lo extraño sería hoy que ella estuviera aceptando una convivencia con Julio Cobos, Ricardo Alfonsín y Hermes Binner, tolerando opiniones diferentes de ellos sobre la realidad y la coyuntura y asumiendo que no será la candidata a la presidencia del espacio conjunto hasta ahora conocido como Acuerdo Cívico y Social.

En 2007, la oposición fue a elecciones dividida, entre Carrió y Lavagna.  Sumados sus votos hubieran superado un 40 por ciento, muy cerca del oficialismo. Desde una perspectiva de ciudadano común, la oposición debió haberse unido, pero ello no fue posible por las diferencias políticas entre ambas opciones.

*La nota completa, en la edición impresa de Newsweek.
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