Entrevista a Enrique Pinti
No soy un gurú ni nunca lo quise ser
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Mi bello dragón es su obra infantil más exitosa. Pero tiene seis más. Además de escribir para La Nación, salir al aire en el programa de Magdalena y actuar en dramas, aunque, dice, poco.
Su locuacidad lo destaca. Y sin embargo en los últimos años, prefiere llamarse más a silencio.
Por Jorge Belaunzarán
Hice seis obras para chicos. Desde 1964 hasta ahora. Y se han repuesto permanentemente, inclusive se representan mucho en las escuelas porque me las piden. Una de las más pedidas es Mi bello Dragón. La estrené en 1968 en lo que es El Apolo ahora, que era El Nuevo Teatro, el elenco independiente al que pertenecía con Alejandra Boero, Héctor Alterio, y donde había entrado como alumno en 1957. Después me especialicé un poco en teatro para niños también en ese elenco: hice La chica color mostaza en 1964, y en 1966 una versión de Mi tía Pepa, de Constancio Vigil. Hacía yo de dragón, dirigía el espectáculo también. De las obras que hice para chicos me parece la más redonda, la que tenía más columna vertebral. Y así como quien no quiere la cosa se convirtió en un clásico. Y en el 83, los alumnos de Alejandra Boero la repusieron en el Teatro Colonial, y en el 2002 yo la repuse en el Maipo, con mi dirección y un elenco espectacular: Bicho Gómez haciendo el dragón, Elena Roger hacía la Princesa Terremoto, la gorda Mirta Wons hacía La Bruja, y todo un seleccionado de lo mejor de la comedia musical argentina. Ahora por suerte tengo otro seleccionado: Bicho Gómez haciendo de dragón y está Omar Cariccio, Vanesa Gutera (mi coprotagonista en Hairspray), Agustina Vera (High School Musical y Hairspray), Jorge Triano (de los productores de El Joven Frankestein), Diego Lara (El Joven Frankestein), Laura Silva, y un montón de jóvenes veteranos de la comedia musical. Es una comedia musical hecha y derecha, y con una característica que en el 68 parecía revolucionaria: contar los cuentos de hadas a contrapelo: el dragón es bueno, tiene las bolas por el piso de que lo molesten tanto para exterminarlo como para desafiarlo y superar una prueba, y la Princesa Terremoto (que tampoco es buena, inocente e ingenua como las princesas) le pone a sus pretendientes unas pruebas infernales (eso lo saqué de Turandot). Toda esa mezcla de ópera, Disney e incorrección política hizo una cosa que para el 68 fue bastante revolucionaria, un éxito extraordinario. Hicimos tres temporadas. En aquella época no teníamos la competencia de los mega espectáculos de la televisión. El teatro infantil siempre lo tuve como un costado. Siempre tuve como muchos costados. Un poco por el tamaño del cuerpo, jajaja.
Y le roba el chiste al cronista, quien ansioso por develar su ocurrencia antes que mantener silencio, obvia que está frente a una enciclopedia del espectáculo y la cultura, perdiendo de vista la mejor lección dada por ese hombre que no para de hablar dando crédito a todos los que nombre y lo acompañan: la generosidad.
"Sí. Me gusta mucho actuar, cuando me dan la oportunidad, que no me la dan muy seguido, lo hago. Un Mujeres asesinas en medio de tantas y de tanta televisión, no es un récord, pero la verdad el resultado es satisfactorio; en el cine de ficción también. Un Perdido por perdido de vez en cuando me viene. Cada diez años, o seis me dan un papel para que no me envicie.
-¿Por qué dejó el teato infantil?
-Me empecé a alejar por edad. En 1969 tenía 23 para 24, todavía estaba a tiro de piedra de mi infancia, y sabía lo que me gustaba a mí cuando era chico: no había pasado tanto tiempo como para que no le gustara a los chicos. Después las transformaciones políticas, sociales, tecnológicas fueron cambiando tanto, que consideré que a lo mejor estaba viejo para esto. Sin embargo, las constantes reposiciones de por ejemplo Mi bello dragón, las contantes demandas de las escuelas de todo el país, me da la sensación de que el cuento sigue funcionando. Entonces nunca entendí bien por qué lo dejé. También me mató que el teatro para niños es el pariente pobre del teatro. Hay que trabajar siempre con las sobras del espectáculo de base, que es el que con su recaudación mantiene el teatro. Me cansé de ser el pariente pobre. Mismo en el Nuevo Teatro, donde era miembro de la cooperativa, era asistente de dirección permanente de Alejandra Boero, más actor, y hacía de todo para ganarme la vida: como los puestos administrativos eran rentados, era boletero de 10 a 13, así después podía estudiar, y a la noche ir al teatro. Era como una casa. Aún dentro de ese sistema, los espectáculos para chicos eran el pariente pobre. Menos puertas con carteles en la entrada, había que volantear, había que poner un cartel sandwich los sábados y los domingos a las 10 de la mañana para promocionar, una serie de cosas. Y después cuando no estaba el Nuevo Teatro, donde ibas te decían: no quiero porque no quiero que me cambien la luz; no, la escalera llega hasta acá, arreglate ahí. Era como una cosas de ser los sirvientes del teatro. Y me harté. Cuando empecé a tener tanto éxito con lo que hacía dije que se rompan el culo otros. Esa fue una de las razones, la otra era que los chicos estaban en otra. Y están en otra. Pero cuando le ponés esto al boludo que lo acompaña, que tiene 30, 40 o 55, queda fascinado. Esta es una obra muy angelada. Acá no hay dinero, y todos estos profesionales de la hostia que la hacen, cuando se enteraron que se hacía de nuevo, cayeron sobre mí. No tuve necesidad de llamarlos.
-Pero ahora los espectáculos infantiles no son más el pariente pobre.
-Totalmente. Ahora los chicos son una parte de la audiencia importantísima, producen millones. Lo que pasa es que seguimos siendo los parientes pobres cuando no tenemos una infraestructura, no representamos a Disney o lo que sea, que son grandes empresas. Pero acá en el Maipo, que es de Lino Patalano, con quien debuté en el Café Concert hace 50 años, y es amigo mío, es otra cosa. Además el espectáculo de la noche es mío también, entonces sé qué luces hay, sé que se puede hacer y qué no; y también el Maipo tiene una sastrería propia con todas las obras que se hicieron del 94 en adelante.
-¿Correrse del teatro infantil fue también para que no lo encasillaran? Como que no lo tomaban en serio los adultos, y a la inversa, los adultos no confiaban en su capacidad para teatro de niños.
-No me pasó eso. Cuando escribía para chicos, entre 1963 y 1971, que fue la última obra que hice, estaba en una época y en un lugar donde no tenía figuración, así que daba lo mismo Pedro que Juan. Sí podía suceder que la gente no se atreviera a traer niños a un espectáculo de una persona que cada dos palabras dice cuatro palabrotas. Pero no sucedió nunca. Por suerte. Primero porque saben que no estoy loco y no voy a poner palabrotas. De todas maneras tengo que vigilar a los actores porque hoy se ha liberalizado tanto el lenguaje en los medios de comunicación a cualquier hora, que le tengo que decir que se moderen. En la versión anterior, a la cuarta semana ya era una cosa que habían enloquecido: el que hacía el Ministro Triquiñuela hablaba con acento francés, y los chicos se mataban de risa, pero empezó diciendo "yo segué el rey", y terminó diciendo "yo segué el gay", jaja. Pero más de ahí no pasaban.
-Decía que de vez en cuando lo llaman para un Perdido por perdido. ¿Cree que se produjo un prejuicio que sólo lo ven como cómico?
-¡Sí! La parte autoral parece que no les molesta, pero en la parte actoral sí me cuesta mucho salir de eso, hacerles entender que puedo hacer otro tipo de trabajos. Y a pesar de que hice "Perdido..." y gané el Cóndor al mejor actor de reparto, que funcionó fantásticamente, y que hice Secretos compartidos y unas cuantas más, son pocas por la cantidad de años que pasaron. Las incursiones que hice funcionaron bien, y el rating midió bien. Sino decís: bueno, la gente tampoco me quiere ver. Pero midió bien. Entonces todavía me asombro de que no me llamen más seguido. Hice llamados a la solidaridad, dije: soy compatible para transplante, llamemé; y ni así. Se ríen pero no te llaman. No estoy, y es lógico, en la primera opción. Pero a lo mejor en la segunda, en la tercera. Y de verdad. El episodio de Mujeres asesinas lo gané en tercera, porque Patricio Contreras y Norman Briski estaban resfriados. No es un chiste. No me enoja para nada, porque acá no hay que enojarse porque ellos son dueños de llamar a quien se le da la gana, y segundo porque hay extraordinarios actores en Argentina. Y muchos. No es que llaman a un boludo. Pero me parece que sería un poco de justicia.
-Es un país prejuicioso.
-Muy prejuicioso, muy de etiqueta, y además no sé si lo consultan. El público no tiene nada que ver con esto, creo, son ellos que tienen sus propios fantasmas. Esa negación pasó también con Ricardo Darín. Cuando filmamos Perdido... en 1993, Lecchi la quería hacer con Carlín Calvo, y por distintos compromisos de Carlín no podia. Y mi personaje lo iba a hacer Ulises Dumont (que era cantado), pero se tenía que ir a filmar a Colombia. Entonces Lecchi me hizo una prueba de cámara y dio el ok. Y Darín era una mala palabra: ¿van a poner a ese boludo?, decía todo el mundo. Era galancito. Pero ya había hecho Compromiso en la tele con Miguel Ángel Solá y toda la gente; había hecho una versión de Casa de muñecas para el ciclo de ATC. Había comprobado que era una persona con capacidad actoral. Lo tuvimos que defender a capa y espada a Darín. Algunos inversores decían que abarataba mucho la película. Ahora Darín es Lawrence Olivier (chequear), más Dustin Hoffman, más Al Pacino. Yo la vi en otros, por qué no me va a pasar a mí. Con más razón. Está el prejuicio del galán, después el del cómico. De la misma manera se produce el efecto inverso, más prestigioso pero igual irritante, que a Norma Aleandro y Alfredo Alcón nadie los vea en comedia. Y son brillantes. Y ahora que Alcón hace una comedia con Guillermo Francella el prejuicio es triple. Y Veronese dirige. Es mucho para la gente. Y me parece que hay que hacer eso, mover las fichas. Prueba y error, saldrá mejor o peor. Pero es mejor que el anquilosamiento y hacer siempre lo mismo, porque así la gente se aburre. Cuando me llegó la oportunidad de hacer Hairspray no la desperdicié. La gente me decía: ¿pero usted va a dejarnos sin su palabra esclarecedora? Andá a cagar mi palabra esclarecedora. ¡La verdad! No podés depender de un boludo que está en el escenario para saber qué vas a hacer en la vida. No soy un gurú, ni nunca lo quise ser. Aunque el tipo de apasionamiento con el que digo mis opiniones arriba del escenario pueden llevar a pensar que uno es como una especie de faro; de boya, más bien. No lo voy a dejar nunca. Primero porque me gusta, y segundo porque le gusta a los demás, y no voy a ser tan guacho. Y no me voy a quejar porque no me dieron la cantidad de papeles suficiente de ficción. Porque me dieron tantas otras cosas, que de verdad sería un hijo de puta si me quejo por esto, sería el colmo del egocentrismo y la vanidad. Si, pero no sabés lo que soy yo haciendo asados jaja.
-Decía lo de gurú, y a usted lo consultan mucho sobre distintos temas. ¿A veces piensa que no tiene nada para decir pero se siente en la obligación de decir algo?
-No, les digo: dejámela pensar. Porque no soy un aparato que me apretás el play. Además hay cosas muy complejas. Y me niego terminantemente a contestar en hall de estreno. Porque ahí sí, esto lo tengo que pensar, elaborar, no responder en el hall de estreno mientras te pisan, te empujan y sacan fotos. Ya es pelotudizar la cosa. Antes contestaba ¿eh? Me veía en la obligación. Hasta que, en la madurez (que me llegó tarde), después de los 60, 65 años, me dije: no, no puedo hacer de estúpido todo el tiempo por el hecho de pensar que se va a ofender si no contesto, van a creer que me agrandé; todo ese tipo de cosas que son inseguridades que uno tiene de toda la vida, de querer gustarle a todo el mundo. Lo cual es estúpido, y te hace gastar unas energías que las necesitás para la vida, no sólo para tu trabajo. Ahora me niego a contestar. Tengo facilidad de palabra, tengo buena dialéctica. Tengo habilidad para salir del paso, pero ya me estoy cansando también. *
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