Nota de tapa

Una mente brillante

24.08.2010 | 23.23 Comentar   |   FacebookTwitter

Mario Bunge
Entrevistas /  El filósofo Mario Bunge critica el psicoanálisis, fustiga a la Iglesia, elogia al Gobierno y reivindica a Buda. Su testamento y el miedo a la muerte.   
Por Matías Loewy

Desde el punto más alto del Mount Royal, en el corazón de un parque de 200 hectáreas que recuerda a los bosques de Palermo, se disfruta una vista panorámica de la isla que aloja a Montreal. Allí vive desde 1966 Mario Bunge (90), filósofo de la ciencia y ensayista, quizás el último de los humanistas científicos de la Argentina. Hace dos meses se mudó junto a su esposa a un complejo lujoso de torres del barrio Westmount, a diez minutos del centro de la ciudad y a dos estaciones de subte de la Universidad McGill, la más antigua del país, donde fue profesor de Lógica y Metafísica hasta que lo obligaron a jubilarse, el año pasado. “Ahora tengo más tiempo para estudiar y escribir”, dice a Newsweek. “Pero me falta el estímulo que brindan los buenos estudiantes”.

Por estos días, sale a la venta en Canadá y Estados Unidos el último libro de Bunge, “Materia y mente”, donde explica el funcionamiento del cerebro y, fiel a su costumbre, enviste contra las ideas de dos popes de Harvard y el MIT, Steven Pinker y Noam Chomsky, quienes defienden el carácter fundamentalmente innato del talento,  la inteligencia y otros rasgos humanos. “¿Cómo se puede afirmar algo así?”, se indigna. “No nacemos con el cerebro programado y conociendo todo. Son posturas profundamente reaccionarias, aunque Chomsky se defina como un intelectual de izquierda. Tiene que haber posibilidades de reforma del individuo y de la sociedad”.
¿Usted se define como filósofo, como científico o como humanista?

Las tres cosas. Yo sigo pensando en la filosofía en forma científica. Cuando hago afirmaciones de tipo filosófico sobre la realidad, tengo en cuenta los resultados de la física, la biología o las ciencias sociales. También me considero humanista en dos aspectos: por un lado, me opongo al deísmo o teísmo, y por el otro, me preocupan los problemas sociales, tales como la violencia, la guerra o las crisis.

¿La mayoría de los científicos ignora esos problemas?

Sí, incluso los científicos sociales. Es más fácil. Por ejemplo, la teoría económica estándar, la que se enseña en casi todas las universidades, es una teoría del equilibrio. Pero resulta que en todo momento hay crisis, y esa teoría no las reconoce ni puede explicarlas. No sabe qué hacer con ellas. 

Es un buen ejemplo de la realidad que interfiere con una buena teoría.

Así es. Yo los llamo “equilibristas”. No toman en cuenta, por lo pronto, los desequilibrios inevitables asociados a la aparición de una innovación tecnológica importante: hay exceso de mano de obra que no se necesita y escasez de gente nueva capaz de dominar esa tecnología. En el mercado inmobiliario se considera que el estado de equilibrio es malo, porque puede propiciar las “burbujas”.

A usted lo enorgullece que lo califiquen de “cientificista”. ¿Por qué el cientificismo y el materialismo tienen mala fama?

La mala fama viene de Platón, de los filósofos idealistas. Y también de la religión. El realismo es ateo, no necesita de Dios para explicar el mundo. Por otra parte, en el último siglo, la mayor parte de los materialistas se hizo marxista. Y los marxistas se quedaron estancados. Se volvieron dogmáticos, toscos y dualistas. E incluso en la Unión Soviética criticaron a todas las ciencias nuevas, como la genética.

*La nota completa, en la edición impresa de Newsweek.
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