Guillermo Francella

El hombre que se reinventó a los 50

29.08.2010 | 23.32 Comentar   |   FacebookTwitter

Guillermo Francella junto a Alfredo Alcón
Entrevistas / 

A las tres décadas de carrera decidió jugarse: pasó de capocómico a actor de drama. Cómo logró despojarse de la culpa del éxito. El magnetismo que genera en el público.

Sus programas hicieron picos de rating, sus películas lideraron taquilla y subió al escenario del Kodak Theatre de Hollywood para recibir un Oscar por "El secreto de sus ojos". Aun así, a los 55 y con más de la mitad de su vida en el espectáculo a cuestas, cada vez que se abre el telón del teatro donde protagoniza "Los reyes de la risa", Guillermo Francella siente un hormigueo que le es familiar: es miedito. Él dice que no es nuevo: "Siento lo mismo que cuando era adolescente. Hacer mi trabajo me provoca un dolor y un temor enorme. Pero me hace bien sentirlo".

Ese hormigueo lo incentivó a dar el volantazo. Y en vez de seguir por la ruta de la comedia, que lo ubicó en el podio ganador durante décadas, Francella se arriesgó y sorprendió. Así lo demostró en el papel de "Pablo Sandoval" en la película de Juan José Campanella. Esa interpretación le permitió sacarse de encima el prejuicio que lo encerró durante años en boxes: "Pasaron los años, uno se pone grande… Entonces me agarraron ganas de interpretar otros personajes, que me pasen otras cosas. Hace seis años que estoy en la búsqueda de contenidos diferentes. Estoy más atento con los libros, quiero que tengan otros argumentos. Me satisface que me convoquen directores prestigiosos como Juan (Campanella) o Carlos (Cuarón), que me den la posibilidad de transitar otros personajes. Apenas empecé a desearlo, me llegaron otras propuestas". Antes del filme ganador del Oscar, ya había recibido reconocimiento en la pantalla grande a través de "Rudo y cursi", la película que filmó en México, con Gael García Bernal y Diego Luna. Un rol desacostumbrado, no tan pícaro, más cerebral, otro Fancella: "Generó una taquilla excepcional. Fue la más vista del año y la tercera en la historia del cine mexicano. ¿Qué más se puede pedir? Encima, ya se empezaron a abrir otras puertas para mí en el cine", celebra serio, sin por eso perder su gracia.

El director mexicano Carlos Cuarón dijo que usted se reinventó a los 50, ¿cree que tiene razón o le erró por algunas décadas?

No sé si se puede decir que me reinventé. Sí tengo el deseo y el hambre de tener propuestas diferentes, que me movilicen como actor. Pasan los años y ya no tengo ganas de hacer lo mismo que hace veinticinco años. Con el paso del tiempo gané madurez, eso me colocó de otra manera en la vida. Por eso me dan ganas de vivir otras experiencias en mi trabajo.

Pero la pregunta es: ¿influye o no influye pasar los 50?

No creo que la edad sea el único motivo. Hace trece o catorce años me dieron el papel de "Un argentino en Nueva York" y nadie se animaba a ser el padre de Natalia (Oreiro), una chica jovencita. Sin embargo, a mí me importó tres bledos. Lo hice, no tenía ese prurito. En ese sentido fui muy seguro. Ahora tengo otra seguridad: quiero enfrentar trabajos que me hagan volver a doler la panza.

Cuando mira sus viejas series, ¿le gusta lo que ve?

Al principio fui muy reconocido, era hiperpopular. Amo serlo, pero muchas veces la popularidad no va de la mano de buenos textos. No me quejo. Tuve la dicha de compartir escenario o la tevé con grandes estrellas de nuestro espectáculo. También lo hice con Enrique Pinti en "Los productores". Muchos me preguntaron por qué corría el riesgo de meterme en géneros que nunca había transitado. Sin embargo, a mí me gustó el desafío de estar arriba del escenario, como pasó con Ricardo Darín en la película o con Brandoni en un programa de televisión y ahora con Alfredo (Alcón).

¿Entonces vamos tachando de verlo en la secuela de "Los bañeros" o "Brigada cola"?

No sé si volvería hacerlos, pero fui muy feliz haciéndolos. Ahora soy feliz en esta etapa.

¿Alguna vez sintió culpa por su éxito?

Tal vez por el crecimiento económico. La historia de mi papá fue diferente. Él tenía tres trabajos para llegar a fin de mes y tampoco podía. Veía el sacrificio que hacía. Lo sufrimos todos. Por eso lo laburé muchísimo en terapia, porque no disfrutaba, era como si lo hubiera robado. Y todo lo contrario. Lo único que recuerdo es haber laburado como un buey siempre…

Alguien interrumpe la conversación. Una rubia, estilizada y bonita. Le susurra algo al oído. Guillermo responde con su clásica galería gestual. A continuación se espera que largue el latiguillo: "¡A comerlaaaa!". Pero no. Ya lo dijimos y ya lo dijo Cuarón: "Francella se reinventó a sí mismo a los 50". Poco queda del picaflor y más del actor. "Me dice que el marido me admira mucho, pero no se anima a pedirme que me saque una foto con él", cuenta el actor sobre la treintañera que esconde al marido vergonzoso. La gente no pide permiso. Lo mira, se acerca, lo toca. Lo saluda con confianza, como si lo hiciera a un vecino o amigo. Es popular. Es, por mucho que cambie por dentro, el Guillermo de todos. De tanto en tanto, él también se mira en "Casados con hijos", la sitcom que se vuelve repetir por Telefé. "Es un programa que me sigue dando placer. Al no tener que grabar, tengo el día para mí y puedo verlo. Entiendo la razón de su éxito eterno. La sitcom tiene un contenido muy interesante, un humor muy inteligente. Las conversaciones entre ellos son bárbaras, se dicen cosas muy duras, pero con estilo, no caen en la vulgaridad. El disparador es chiquito, pero lo sostienen con solidez, encima nosotros le dimos la impronta local. Si hubiésemos copiado literalmente la versión americana no hubiera ocurrido tal cosa. Reconozco mi trayectoria como comediante, fue interesante. Y siempre estuvo mi familia, sin ellos no hubiera sido posible seguir adelante".

¿Su familia es responsable de su éxito?

¡Claro! Tengo una familia hermosa, eso me hace muy feliz. Viajé por segunda vez con mi hijo a un Mundial. Ya lo había vivido en Alemania y ahora a Sudáfrica. Fue fantástico compartir esa experiencia con mi hijo, Nicolás (19) a solas. Fuimos con otros amigos y sus papás: un viaje de hombres para empacharnos de fútbol. Estuve las veinticuatro horas con él desde el amanecer hasta acostarnos. Si bien con la nena, Johanna (16), tengo una relación maravillosa, el mundo del fútbol es bien masculino. Una de las razones de mi éxito, es que en mi casa reina el buen humor, la buena onda. Es importante que un hombre pueda irse a trabajar y saber que en su hogar está todo en orden.

Cuando sale de casa, ¿qué cosas le preocupan?

Estuve y estoy siempre al lado de ellos, sobre todo en la etapa escolar. Ahora con Nico en la facultad sólo me acerco si me necesita. En esta etapa participo si me necesitan. Saben que estoy para estudiar o a resumir textos, ya que en el colegio no se lo enseñan. Nadie te provoca una vocación, nadie enseña a estudiar. Muchas veces tengo varios compañeros de la facultad o del colegio de mi hija y me cuentan que no les queda nada. Tienen cuatro exámenes por día, no se dan cuenta ni qué estudian. Eso me preocupa. Por eso hay deserción en las escuelas y en la universidad.

Dígame la verdad, ¿le alivia que sus hijos no sigan su carrera?

Es una elección de ellos. Yo quiero que sean chicos felices. A Nicolás le gusta mucho mi trabajo, me acompaña a los canales. Ya recibió llamados de productores porque tiene pinta, da con lo que buscan. Pero hasta ahora raja. Siente que se expone mucho. Si él quería, yo lo acompañaba sin problemas. A Johana le gusta la comedia musical, canta como los dioses. Si lo desea de verdad, la apoyaré en su decisión. Ella estuvo muy interesada en todo lo que viví en Hollywood.

¿Y usted cómo lo vivió? ¿Era lo que esperaba o lo desilusionó la entrega de los Oscar?

Me gustó la ceremonia de la entrega. Pero percibí mucha más frialdad en comparación con la entrega de premios nacionales o mexicanos. Es un poquito ficticio, son personas muy frívolas, observé demasiada superficialidad para mi gusto. Todos se matan por estar. Fue la primera vez que pude contemplar desde afuera una entrega de premios. Como no era conocido, no me pedían notas, entonces pude observar tranquilo, nadie estaba pendiente de mí.

¿Qué se le cruzó arriba del escenario y ver a esos actores como espectadores?

¡Fue brillante! Pude ver las caras de felicidad de esa primera fila. ¡Estaban todos los actores que admiro! También hay muchos que se embolan como nosotros, van al baño y se preguntan cuándo termina. Lo mismo que hacemos nosotros. Pero lo maravilloso fue haber ganado el Oscar para la Argentina y acompañar a Campanella. Cuando Juan vio que tenía ganas de estar, hizo un esfuerzo muy grande por llevarme y lo logró. Lo disfruté. Pude vivir todo el proceso con él, ese sueño del premio. Una periodista americana me preguntó si alguna vez había soñado con ese momento, le contesté que toda la vida lo había soñado.

¿Cómo siguen los sueños?

Ahora estoy esperando el estreno de "Los marcianos" con Ana Katz. No pude ver nada. Es una película interesante, pero todavía no tiene fecha de estreno.

Usted convoca tanto en tevé, teatro o cine, ¿por qué el público elige ver a Francella?

Empecé a hacer publicidad en 1979 y siempre tuve muy buena vibra con la gente. Por suerte, el público se identifica con mis personajes. En las tres décadas nunca me soltaron la mano. Suponía que la convocatoria en "Los reyes de la risa" podía ser buena, pero superó las expectativas. Sé que hay curiosidad de vernos a Alfredo (Alcón) y a mí juntos. Aunque eso puede funcionar en las primeras semanas, pero ya llevamos más de treinta funciones, ahora lo que influye es el "de boca en boca". No se sabe cuál es el secreto. No hay una fórmula. Por lo tanto es fantástico que pase.

Es hora de ir al teatro, comienza la función, ¿no me diga que ya tiene dolor de panza?

Algo empiezo a sentir. Pero estoy muy cómodo, como siempre digo: es un lujo trabajar de lo que amamos. No es poca cosa en este país. Aunque el teatro es sacrificado. Me cuesta dejar a mi familia a las seis de la tarde, a la hora que todos llegan a casa. Tampoco tengo feriados, ni fines de semana. Mientras todos están de vacaciones, yo estoy trabajando. Pero me gusta. Por eso estoy feliz. Y porque después de muchos años aprendí a disfrutar del ocio. Me gusta no hacer nada. Aprendí a rascarme. Ése es otro de mis cambios en esta nueva etapa de mi vida: disfrutar de todo, incluso del ocio. ?
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