Las primeras imágenes de los mineros llegaron a la televisión chilena. Franklin Lobos Ramírez había bromeado más que de costumbre ese jueves de principios de agosto donde vio por última vez la luz solar. Franklin, alguna vez, había sido apodado por la prensa deportiva chilena como “El Mortero mágico” por su destreza a la hora de ejecutar tiros libres en el fútbol trasandino. Después de un breve pico de gloria en el balompié, Lobos pasó al olvido de los cronistas y quedó bollando en el norte del país como un trabajador golondrina más. Pero, más allá de las penurias diarias, el último 5 de agosto Franklin sobrellevó de buena manera su rutinaria jornada laboral como chofer en la mina San José, en la periferia de Copiapó.
El cuerpo tieso, un escudo de su actual equipo de fútbol senior Comercio de Copiapó a las sacudidas por el traqueteo que genera la ruta escarpada, la pierna contra un embrague duro como una roca, el estéreo a todo volumen y meta transportar de aquí para allá a sus compañeros del yacimiento. Un día calcado a los dos últimos meses y el franco aún sin llegar. Aunque, la espera se acortaba porque ese día de cielo limpio y sol picante culminaba, supuestamente, con una “gran mariscada”, pisco sour y rodeado de amigos para Franklin Lobos. Hasta que entró al túnel de la mina a dar un mensaje del capataz para el jefe de la escuadrilla: Luis Urzúa, un hombre parco en el carácter pero ducho en el trabajo que había llegado hacía poco tiempo a Copiapó. El turno de la tarde languidecía y había que acelerar la faena, dijo Franklin. Lo hizo con un tono dulzón, balbuceó el comienzo de un chiste hasta que un estruendo demoníaco sepultó sus palabras, rajó la montaña y lo dejó aturdido durante un tiempo interminable. El destino había jugado a los dados con Franklin. Finalmente, esa noche y todas la que siguieron, Lobos dejó vacía la silla de su humilde comedor diario.
Primeras imágenes del derrumbe. En total, cinco horas de oscuridad precedieron al cataclismo. Pura ceguera negra. El derrumbe de la mina fue un tsunami de tierra que arrebató hasta la última partícula de aire. Hasta que, muy lentamente, la humareda de polvo encontró filtraciones, resquicios, y permitió a los treinta y tres mineros verse frente a frente en una situación terrorífica. Taponados en un averno y sin salida.
El primer arrebato de supervivencia de los obreros fue intentar escapar por el ducto de ventilación pero la escalera de emergencia estaba inconclusa. “Ellos nos dijeron que intentaron salir. El derrumbe quedó hasta la cota 180 y ellos intentaron llegar hasta los 240, pero no disponían de escalera. Nosotros llegamos hasta el 265, es decir, quedamos prácticamente a 25 metros”, confirmó, tiempo después, el ingeniero André Sougarret, quien coordina las labores de auxilio en el Campamento Esperanza.
Luego, sobrevino lógicamente la desesperación y un frustrado repliegue hasta El Refugio: una zona de seguridad con la que cuenta el yacimiento San José en su parte más honda –a 700 metros de profundidad– que se logró perforando cerro virgen dentro de la mina y blindando las paredes de la roca con mallas metálicas.
Contrariamente a lo que todos pensaban, el primero en hablar fue Luis Gurzúa y no Mario Gómez: el más experimentado de todos, 63 años, casado, conductor de camiones y un año de antigüedad en la empresa. Mientras tanto, los menos curtidos del grupo –Jimmy Sandez y Pedro Cortez, por ejemplo, no llegan a los 25 años de edad y hacen sus primeros pasos en el oficio de minero– no podían detener el galope de un cerebro caliente que repetía una y otra vez el instante de la tragedia como un disco rayado, intentando en vano encontrar una explicación a lo sucedido. “¡Hay que esperar compañeros. Mantengámonos unidos y en calma!”, vociferó Luis e intentó sonar como un portavoz convincente. Hubo reproches, gritos de histeria y gestos suicidas en esa cueva pero, finalmente, se aplacaron. Luis impuso una disciplina castrense para no desfallecer de hambre: en base a las reservas existentes en la sala de auxilios se ingeriría dos cucharadas de atún en lata y media taza de leche cada 48 horas. El espacio compartido –una galería de kilometro y medio de extensión– se compartimentaría en tercios: una para dormir, otra para comer, la más alejada para las deposiciones diarias. Durante dos semanas la cosa funcionó y agotaron todo el stock de comida. Un par de días más y comenzaría el aquelarre. Hasta que de la roca brotó un sonido gutural y un pequeño orificio. Una cápsula de PVC tendía un puente desde la entrada de la mina como milagro divino. Por primera vez, comenzaron a creer que se podía.
Una prisión bajo tierra. “Después de la euforia producida por el reencuentro y el contacto del día domingo, lo más probable es que nos enfrentemos a un período de depresión, de angustia y decaimiento”, advirtió, por estos días, el ministro de Salud Jaime Mañalich, quien anticipó que les serán suministrados medicamentos antidepresivos a los mineros de Copiapó. “El haber localizado a todos con vida es un evento raro en sí. Llevar a todos a salvo a la superficie será un gran logro, en caso de concretarse. Hay que mandarles libros, revistas, videos y juegos para que llenen el tiempo”, complementa Rob McGee, secretario de la United States Mine Rescue Association, la mayor organización dedicada a la capacitación de rescatistas mineros en el mundo.
Las dos declaraciones apuntan al mismo blanco y ponen en jaque al relato oficial del gobierno de Sebastián Piñera: el rescate no será fácil y aventurar finales cinematográficos puede ser aún más catastrófico para la moral de un país devastado por un terremoto apocalíptico meses atrás.
Una luz ambiental indica que en todo Chile ya es de noche y Luis, Mario más Yonni Barrios –50 años, casado, se dedica hace 25 años a la minería– mascan chicles de nicotina mientras hacen un balance de lo acontecido en el día. Luis está a cargo del contacto con el exterior, Mario de la seguridad y Barrios de las labores de enfermería. Acaban de compartir una cena frugal para sanear sus estómagos ulcerados por el stress: compota de manzanas con nueces, barras de cereal y pan con membrillo. No necesitan anotarlo en las memorias del refugio porque sus caras en penumbras transmiten la misma idea al unísono. La odisea recién empieza.
Deben entrenarse periódicamente para que su abdomen no sobrepase los noventa centímetros el día en que, finalmente, puedan trepar por el ducto que abrirá de aquí a cuatro meses la máquina perforadora. Deben aprender a convivir en la vorágine de una pesadilla y apegados a un código común de supervivencia para que no los devore la ansiedad. En apenas cincuenta metros cuadrados, a setecientos metros bajo tierra, treinta y tres hombres vivirán durante meses una lacerante espera hacia el reencuentro más esperado en la historia de Chile.