Eduardo Luis Curia En el presente, más allá de las vicisitudes de auge y de desaliento que se jalonan en los mercados mundiales bursátiles y financieros, atisban ciertas dudas, en términos de tendencia subyacente, acerca de la solidez de la recuperación global.
Hasta hace un tiempo, los ruidos sobre el particular parecían encapsularse, en el caso de la Unión Europea, de la mano de las aflicciones de una serie de países comprometidos, como Grecia, España y Portugal, entre otros, que amenazaban proyectar una onda molesta más general.
Finalmente, después de idas y vueltas y de hasta desencuentros, se encaró un programa de asistencia financiera respaldado por países conspicuos del continente y con la participación del FMI, conjugando con severas terapias de ajuste en los países que alentaban los rasgos más críticos. Estos planes de ajuste comenzaron a implementarse no sin protestas. El esquema de asistencia financiera distendió en parte las expectativas, y hasta se registró el hecho de que, al salir las naciones “bajo tratamiento” a recabar fondos en los mercados, las tasas de interés aplicadas no exageraron el castigo. El propio euro repuntó algo.
Más aun: datos recientes de la actividad en la zona mostraron un desempeño bastante airoso. Claro, al descomponerse el promedio en danza, se constata que es la economía alemana la que oficia de “gran bastonera” en la recuperación. Incluso los alemanes reformulan hacia el alza las previsiones de crecimiento. A la postre, este resultado auspicioso debe “templarse” con las ponderables asimetrías de comportamiento zonal que están desplegándose.
Otros datos molestos. A la instancia regional aludida, con las secuelas más generales siempre en danza, corresponde añadir otros rasgos que atañen tanto a las orientaciones más generales que se esgrimen en el plano internacional para procesar el actual tramo del ciclo económico, como al curso que pareciera estar adoptando la economía norteamericana.
Por ejemplo, en el ámbito de la reciente conferencia del G-20 (G-20 summit) no han quedado en claro los tantos acerca de las opciones estratégicas que seguirían los países, en especial los centrales, y de las derivas que podrían emanar del asunto en términos de “efecto agregado” sobre la economía mundial.
Por supuesto, concluyen emergiendo declaraciones de compromiso. Pero la impresión es, tal como expresamos en otro momento, que en las naciones europeas de primer rango tiende a prevalecer la disposición a una corrección bastante acelerada de los déficits públicos empleados como herramientas anticíclicas contra la crisis. La postura alemana ejerce un liderazgo en este punto pero, en paralelo, el nuevo gobierno británico se inscribiría en una onda similar.
Ante esto, la postura del gobierno norteamericano luce más sobria en principio. El presidente Barack Obama llevó a la citada reunión una voz de advertencia sobre las secuelas fastidiosas que podría acarrear un retiro demasiado precipitado de los apoyos y estímulos aplicados durante el vórtice de la crisis.
En principio, la posición americana, en los enunciados, suena como más tranquilizadora. El mismo secretario del Tesoro, Timothy Geithner, mencionó que, en aras de solidificar el repunte mundial y de que la economía internacional fuera capaz de expandirse de acuerdo con su potencial, se requiere “actuar conjuntamente para robustecer tanto la recuperación como finalizar el trabajo de reparación del daño provocado por la crisis”. Hay dos aspectos a tratar, aun, asociadamente.
El tema es que esta posición digamos “teórica”, como se vio, no sería, en lo sustantivo, auténticamente compartida por diversas potencias europeas, muy sensibles al tópico de la inflación. A la par, esa posición también debe enfrentar la “prueba ácida” de la propia experimentación en el territorio de los Estados Unidos. Precisamente, en este plano concreto que atañe a la economía y a la política económica americana, no dejan de vislumbrarse ciertos interrogantes no desdeñables.
¿Dudas sobre la economía americana? Justamente, van emergiendo datos de la economía americana que traducen ciertos claroscuros. Y, a la vez, se incrementan los interrogantes sobre su perspectiva hacia adelante. La cuestión dista de ser trivial. Como la primera economía del mundo, lo que ocurre con esa economía “rebosa”, en un sentido u otro, sobre la economía global en su conjunto.
Es verdad que hay “terceras economías”, como la china y la india, entre otras, que aparecen como amortiguadores propios de cara a la dinámica de la expansión mundial. Pero también comprobamos algo en todo este lapso: a un mayor nivel de complicación en el seno de la economía líder, los otros amortiguadores también tienden a ser afectados.
Aunque matizados, y tal como se expresó arriba, operan en la economía americana números de creación de empleos, de intensidad de la actividad, de déficit externo, que no lucen satisfactorios a pleno. Darío Epstein se ocupó especialmente de estas instancias en un artículo en El Argentino del 15/8/2010.
Lo que se teme es una moraleja de lo que se viene exponiendo, poco grata. Lo que está en danza, en el fondo, es la célebre cuestión acerca de la configuración del repunte de la economía mundial: si es en V, en U, o en W. Simplificando el asunto: entre fines de 2009 e inicios de 2010, se perfilaba la esperanza, abonada por algunos datos, de que se avanzara en forma de V. Un tanto “trémula” pero V al fin. El advenimiento de los ruidos concernientes a la Unión Europea recolocó algunos interrogantes, reavivando la sombra del curso en W, como lo analizamos en una nota anterior.
El asunto, por lo que se ve, es que el giro que podría estar adoptando la economía de los Estados Unidos daría un pábulo adicional al trazo de tipo W. En realidad, volviendo a las palabras del titular del Tesoro americano, nos hallamos ubicados en aquella delicada instancia vinculada con la fase de transición, donde hay que calibrar con cuidado la mezcla entre el retiro de los estímulos aplicados durante la crisis y la aplicación de los criterios propios de una situación más normalizada.
Por un lado, el gobierno americano propone un esquema gradual para encauzar en el tiempo el déficit fiscal. Se trazaría cierta diferenciación en el ritmo del accionar involucrado, en comparación con la perspectiva más dura de los europeos. Ocurre que, en paralelo, la Reserva Federal dispuso algunas limitaciones a la política monetaria expansiva o facilitante, con lo que tendieron a converger las visiones. La convicción común dentro de estos planteos es que la economía americana ya despertaba bríos relativamente sólidos en el pasaje hacia la recuperación.
Posteriormente, la Reserva Federal detecta la posibilidad de que los rasgos positivos en juego no fueran tan férreos como lo que se pensaba. Por lo que decide desandar algunas de las acciones mencionadas, retomando el énfasis en operatorias de fondeo respecto de diversos activos financieros. Y, a la vez, parece comprometerse en un horizonte de tasas referenciales bajas.
A su modo, la Reserva Federal impresiona como haciendo “sintonía fina”, a través del “tanteo” en cuanto a la elasticidad de su política monetaria. Ciertamente, ninguna fantasía econométrica puede arrimar un mecanismo de absoluta y proba automaticidad para resolver el actual intríngulis, cosa que también rige para el famoso Ben Bernanke. Un procesamiento amplio de los datos, pálpito y juicio razonable son condimentos ineludibles de la situación presente. Sin embargo, en un contexto sin certezas definitivas, cierto “ir y venir” ínsito al manejo de la autoridad monetaria de los Estados Unidos puede enrarecer adicionalmente expectativas todavía vacilantes.
Este complejo panorama hace recrudecer la prédica de los “heraldos” de la double dip recession (la conducta en W). En esta postura, con matices, se inscriben, por ejemplo, Roubini, Krugman y Shiller. Este último aduce que estamos abiertos a una recaída antes de retomar una normalidad consolidada. Krugman va más allá, y desliza la idea de que la “tercera depresión” aún no concluyó. Si estos planteos nos parecen amantes del impacto, véase que el propio The Washington Post criticó duramente las conclusiones de la G-20 summit por su sesgo recesivo.
Se pueden adicionar otros factores. Pero lo que resulta evidente en el “núcleo” es que estamos transitando un trance sensible, en el que puede decidirse si la recuperación internacional se robustece y da nuevos pasos hacia delante, o se topa con una recidiva de declinación.