Viajes

Titán patagónico

05.09.2010 | 13.39 Comentar   |   FacebookTwitter

Sociedad / 

Tan bello como frío es el ambiente natural de la ballena franca austral. En Puerto Madryn, cada año, miles de turistas ocupan su sitio en las embarcaciones para ser deslumbrados por una puesta imponente y, por momentos, temeraria.

Es una de esas tardes en que Puerto Pirámide duerme la siesta, apurado por el clima, salvo en sus orillas, donde algunos émulos de Jacques Cousteau se disponen para la aventura. Apenas pasan las 16, y ya hemos hecho un largo periplo desde Puerto Madryn, con la promesa de ver, por fin, ese bien preciado que para los chubutenses es la ballena Franca Austral.

Como para la India es la vaca, los imponentes cetáceos que habitan estas heladas costas parecen haber ganado el status de deidad. La comparación no parecerá disparatada si se sabe que desde 1984 se constituyeron en Monumento Natural Argentino. Ya embarcados, unos 12 curiosos surcamos las aguas del golfo Nuevo, cámara en mano, alertas, esperando ver el acto inaugural. El frío antártico invernal se va colando en cada centímetro del cuerpo. Desprevenidos voyeurs turísticos, todos habíamos escuchado de él, pero la falta de experimentación o la incredulidad fueron malos consejeros. De golpe, como si el truco hubiera sido orquestado anticipadamente, irrumpen en la escena náutica.

Es su tiempo de show y el entusiasta público no altera sus planes. Insisten en pasar el tiempo regodeándose bajo el mínimo haz de sol que aún mantiene la tarde en pie. A lo lejos una de las curiosas ballenas mostró interés en nosotros. Despacio, la colosal mole oscura dirigió sus 15 metros de largo, 30 toneladas de peso, hacia la embarcación. Y se escondió abrupta. Todo el mundo sucumbió al silencio, difícilmente podríamos anticipar su reacción. El guía prefirió mantener el suspenso. Entonces, el cetáceo emergió bruscamente a la superficie, y se desplomó en el agua, en un estruendo atronador. "Es una madre, está alerta por su ballenato recién nacido", señaló el guía risueño frente a nuestras caras de susto. Se estima que el total de la población en el océano Atlántico sudoccidental alcanza unos 5 mil cetáceos y una cantidad similar visita la zona de la península Valdés, por año. Son datos que conocemos gracias a un biólogo de la Fundación Ecocentro, que gracias a un convenio recientemente firmado con la Fundación YPF profundizará los estudios que realiza en el golfo desde hace diez años.

Durante el recorrido el silencio se rompió intermitentemente. La inmensidad sobrevoló, en la forma de un titán que desembarcó y jugó mientras quiso, ante las miradas de quienes llegamos casi en pose adoradora, absortos, seres impotentes, imposibilitados de tocar sus pieles húmedas, oscuras. La tentación del roce no es nueva y ya cobró algunas vidas. El año pasado, el reconocido fotógrafo patagónico Alberto Patrián falleció tras naufragar en estas mismas aguas, intentando aproximarse un poco más, creyendo tal vez, que estos animales a los que había retratado por 25 años para publicaciones de todo el mundo, aceptarían su intromisión, como la llegada de un amigo. "Fue un error", repite el guía mientras la oscuridad comenzó a rodearnos, y las olas golpearon cada vez más fuerte el barco. Ya era hora de zarpar. El silencio del golfo nos despidió, visitantes indiscretos que conocimos una de las maravillas de la Argentina y vivimos para contarlo. Las ballenas, que no saben de relojes, entendieron nuestra distancia. La embarcación rumbeó hacia la orilla, mientras ellas extendieron sus aletas, ¿será su forma de decir adiós? A la diosa de estas tierras, también le llegó su hora de descansar.
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