María Soledad
"Nuestra hija está en la memoria de todos"
Sociedad /
Este miércoles se cumplen veinte años del crimen que cambió para siempre a Catamarca y a los argentinos. En una charla íntima, Ada y Elías Morales recuerdan con emoción la figura de "Sole", muestran el dolor de ver a los asesinos sueltos y hablan de su incansable lucha en busca de verdad y justicia.
De eso no se habla. La sola mención del nombre María Soledad Morales incomoda, pone nervioso y taciturno hasta al más charlatán de los mozos, a la más simpática vendedora o al más extrovertido taxista de Catamarca. El ceño se tensa, la mirada baja y sólo se escucha un balbuceo. Veinte años han pasado desde el crimen de la joven de 17 años que conmovió al país, derrocó al gobierno de Ramón Saadi e hizo temblar a la provincia como ningún sismo logró sacudirla. Dos décadas después, la ciudad parecería no querer desempolvar el pasado, quizás por vergüenza, quizás por cansancio o tal vez porque a algunos todavía les toca servirle ocasionalmente un café a los culpables. En el centro de la capital, muchos optan por las evasivas, otros se excusan con que cada cual tiene su historia, pero que en realidad muy pocos saben lo que pasó, y todavía quedan aquellos que comentan que fue un crimen pasional en manos de una mujer, porque no creen que "esos dos muchachos puedan haberlo hecho".
Pero hay alguien que no olvida ni un solo instante de los 17 años de vida de "Sole", alguien a quien ni el paso del tiempo, ni el desgaste de la lucha por la verdad pudieron borrarle de la memoria los pequeños detalles de su hija. "A mí me regalaron hace varios años un cuaderno enorme en el que me dicen que tengo que escribir todo, contar todo desde el mismo día que ella se me perdió. Pero yo digo que no, que mientras Dios me permita tener memoria, recuerdo todo. El mejor cuaderno que tengo es mi cabeza", asegura Ada Morales, desde su casa en Valle Viejo, en las afueras de la capital catamarqueña, la misma en la que Soledad festejó sus 15 y que ahora mantiene su recuerdo vívido en las paredes rosadas de las que cuelgan sus fotos del colegio, de sus cumpleaños y algunas junto a sus hermanos. En ellas también hay poemas hechos por autores que se inspiraron en el caso (algo que a María Soledad le hubiera gustado, ya que coleccionaba poesía y creaba sus propios escritos en un cuaderno). También visten las paredes los cuadros que pintan su figura, algunos reproducen sus fotografías con gran realismo y otros son conceptuales y la muestran en gris, perdida entre otros elementos. Todos ellos fueron entregados a los Morales como un regalo de los artistas que los visitaron, porque las puertas de la casa permanecen abiertas para todos.
"Hay muchas personas que pasan, le sacan fotos a la casa. Si me ven, me saludan, yo los atiendo o les hago adiós con la mano. A veces vienen los colectivos de turistas, tienen el micrófono, yo les hablo, más que todo me preguntan sobre Tula y Luque. Nosotros, con mi marido, no nos negamos a nadie. Sabemos que todo el país ha estado pendiente del caso de Sole y sería una falta de respeto si no los quisiéramos atender. Nuestra vida continúa, pero no nos vamos a negar nunca a nadie que golpee la puerta. El caso de mi hija está en la memoria de todos", dice Ada, que ya está jubilada y pasa sus días vendiendo leche, que le llega del tambo y la fracciona a los vecinos.
FAMILIA. Elías Morales, a quien los años sólo le han blanqueado un poco más su cabellera, mantiene la mirada perdida, con gesto recio, pero enseguida dispara una frase y se une a la conversación con un tono de voz dulce y pausado: "A nosotros nos ayudó mucho la gente. En Buenos Aires nos pasaron cosas como que estábamos solos, esperando para cruzar la 9 de Julio, los autos estaban parados en el semáforo, y cuando aparecimos nosotros prendieron las luces y empezaron a tocar bocina, todos con las manos levantadas. Eso fue increíble, me quedó grabado en la memoria para siempre".
Aunque a ellos parece no molestarles remover el pasado, los hermanos de Soledad prefieren guardar sus recuerdos en la intimidad, después de haber pasado años con la casa invadida por fotógrafos, periodistas y gente que llegaba hasta ahí para saludarlos. "Como ahora estamos prácticamente solos no quieren revivir todo", explica Ada, quien todavía los tiene a casi todos junto a ella, bajo el mismo techo, y ahora puede disfrutar de sus cinco nietos.
Los Morales siempre trataron de proteger a sus otros seis hijos de las amenazas, las acusaciones y del dolor por la pérdida de su hermana. Las mellizas, que en el ’90 tenían cinco años, hoy, ya mujeres, hacen preguntas sobre el caso. El recuerdo de "Sole" flota en la casa, pero su cuarto ya no es tal, está cambiado por consejo de la psicóloga y todas sus pertenencias las guarda su mamá en su pieza. Los recuerdos los conserva en su memoria.
Hace unos días, Ada se acordó de algo, que el 25 de agosto de 1972, embarazada y a pocas semanas de dar a luz, sufrió una neumonía que la llevó al hospital. "Le contaba a los chicos que hace 38 años su mamá tuvo eso y nunca más le dio. Mirá lo que son las cosas, no la perdí a mi hija en ese momento para que después vinieran otros y me la quitasen", se aflige.
RECUERDOS. Basta con preguntar cómo era Soledad para que Ada comience el interminable recuento de memorias atesoradas. Por ejemplo, que nació un martes a las 7 de la tarde, cuando Catamarca estaba de asueto por la visita del ex dictador Agustín Lanusse; o que cuando ella se fue como maestra a trabajar al pueblo La Majada de Ancasti, Soledad, con tres años, divertía a todos con sus primeras ocurrencias, sobre todo a Mario Casas, hijo de la directora del colegio, que la había bautizado "la Cholita" y que años más tarde sería el policía que tanto luchó para esclarecer el crimen. Otra anécdota a flor de piel es que la joven nunca faltaba a clases y siempre decía: "Mamá, yo no te traigo el diploma de buena alumna pero te traigo el de asistencia perfecta". En tercer año se llevó varias materias pero las aprobó todas. Solía tentarse en clase cuando veía que sus compañeras se copiaban en las pruebas, pero jamás contaba la causa de su risa, que una vez que empezaba le era difícil frenar. Como sabía que la situación de sus padres no le iba a permitir estudiar en otra provincia, decía que se iba a recibir de maestra jardinera para poder ayudarlos.
Le encantaban los chicos y tenía adoración por las mellizas, las menores de los Morales. Cuando tuvo su viaje de egresados de la primaria, volvió de Formosa con dos toallones con conejitos para ellas y Garotos para el resto de sus hermanos. Antes de su muerte, su principal ilusión era viajar a Carlos Paz con sus compañeras de quinto año del colegio Del Carmen. Para eso estaba juntando plata y le limpiaba la casa a su abuelo. A la abuela Candelaria, también la acompañaba al banco a cobrar y a las peñas del centro de jubilados. Ada recuerda que Soledad jamás exigió que sus padres le compraran cosas ni que le dieran ropa de marca, que se conformaba con lo que tenía. Además, rememora que siempre fue de mucha ayuda en la casa y que le dio una gran mano cuando las mellizas nacieron, a pesar de tener sólo 13 años.
Eso sí, recuerda que siempre le reprochaba a su madre el hecho de haber abandonado la docencia. "Insistía en que yo tenía que trabajar, que tenía el título bajo la almohada, que para qué había estudiado si no iba a ejercer. Me decía que las mamás de las compañeras todas trabajaban y andaban bien arregladas, y que no quería ver una mamá abandonada, sino una mamá que también estuviera bien y que la casa me estaba embruteciendo", relata Ada. Para ella es difícil no pensar en cómo hubiera sido Soledad como madre, sobre todo cuando en la misa se encuentra con sus ex compañeras, que ya tienen sus propias familias. "A las chicas siempre las veo, y cuando lo hago la veo a mi hija. Ellas me dijeron que son mis hijas del corazón. Pero digo, pensar que yo también hubiera sido abuela, hubiera tenido un nieto de parte de ella. Son cosas que pienso en mi cabeza, en mi imaginación -se emociona-. Esa es la parte buena, positiva que yo tengo. La negativa es que la injusticia golpeó la puerta de mi casa y vino lo peor, porque a mi hija la mataron, la golpearon. Tula la mató dos veces, moral y físicamente, porque lo que él dejó escrito en la sede judicial, eso no tiene perdón de Dios. No es de un buen hombre", se amarga.
LA ODISEA. El 8 de septiembre de 1991, cuando Ada y Elías descubrieron que su hija no había llegado a casa después de la fiesta en el boliche Le Feu Rouge, comenzaron la búsqueda. Elías fue el que llevó adelante la investigación preguntando en el colegio a las compañeras de María Soledad, en los lugares donde fue vista por última vez, y así fue atando cabos. El 10 de septiembre, dos días antes de que ella cumpliera los 18, su cuerpo sin vida fue hallado al costado de la ruta 38, en las cercanías del parque Daza.
A partir de ahí comenzó la odisea de la familia, que recién en 1998 logró que la justicia condenara a 21 años de prisión a Guillermo Luque por violación seguida de muerte y a Luis Tula a 9 años por ser partícipe secundario. El juicio por encubrimiento, nunca progresó. Desde 1990 hasta la condena hubo otros dos juicios, desaparición de pruebas, marchas del silencio pidiendo que la verdad salga a la luz, amenazas, la intervención de la provincia y la caída de la dinastía Saadi.
Los Morales tuvieron que soportar todo tipo de acusaciones sobre ellos y sobre María Soledad. "Buscan justificar lo injustificable. Después, con las marchas, nos acusaron de que dividimos a Catamarca porque la sociedad nuestra está dividida desde el año ’90. Está la gran mayoría que de corazón ha caminado y exigía justicia; y está la otra parte que en un principio estaba con nosotros y después empezó a hacerse a la orilla y eran los que respondían a los que nos gobernaban en ese momento. Yo, como mamá, le puedo decir que no fue nuestra intención. Elías y yo buscábamos verdad y justicia, queríamos que los que hicieron esto pagaran, pero como ellos tenían el poder de impunidad pensaron que era un crimen más, que en unos días todo se terminaba, jamás se imaginaron que Catamarca, una sociedad que vivía en su casa, iba a decir ‘basta, que se termine esto’", explica Ada.
El crimen de María Soledad no fue cualquier otro, los culpables estaban directamente relacionados con el poder y sus lazos se extendían hasta lo inimaginable. "La impunidad era del gobierno nacional. Lo descubro cuando voy a hablar al Ministerio de Justicia de la Nación para que enviaran a alguien que investigue porque acá encubrían todo; hablo con César Arias y cuando termino de hablar con él, me dice que ya estaba el juez y el policía que iban a ir a Catamarca, pero me dice: ‘lo único que te voy a pedir es que no sigas participando más en las marchas’. Entonces yo le digo, ‘disculpame, pero lo de las marchas es de los jóvenes y yo me debo a las compañeras de María Soledad y al pueblo de Catamarca’. Cuando salgo de esa reunión, hablo con los periodistas y les pido que me pregunten sobre eso. En la cara de él se los digo y el tipo se quería morir", relata Elías, que más de una vez se desilusionó con el cambio de figuritas en el caso. Recuerda cuando Luis Patti fue reemplazado por Enrique Saladino y él fue a su encuentro para llevarle un nuevo testigo que había conseguido. Pero al llegar al hotel donde se hospedaba lo descubre estrechándose en un abrazo con Miguel Ángel Ferreyra, el destituido jefe de Policía. Gracias a los testigos que no cedieron ante las amenazas y el soborno, a la hermana Martha Pelloni y las ex compañeras de "Sole" que lucharon y organizaron las marchas del silencio, se pudo condenar a dos de los culpables. Todos los que borraron pruebas y cambiaron declaraciones de los testigos, nunca fueron condenados.
"El gobierno que vino después de Saadi todavía nos debe el encubrimiento. Cuando la doctora Olmi empezó a investigar, de un plumazo, la volvieron a la fiscalía y quedó el cargo acéfalo por dos años. No sé qué se esconde o qué poderosos hay, qué han tratado siempre de tapar y de encubrir, alguna vez se sabrá. Ahora, que fueron ellos dos, no me queda la menor duda, pero detrás de esos hay otra cosa, algo muy fuerte", declara Ada.
Tanto Guillermo Luque, hijo de los ex diputados Ángel Luque y Edith Pretti, como Luis Tula, ya están en libertad. En 2003, "El Flaco" como le decían a Tula, salió en libertad condicional y hoy pulula por las calles céntricas de Catamarca. "Yo ya lo vi dos veces, pero gracias a Dios iba en vehículo. La sensación no se la deseo a nadie, es espantoso verlo y anda de abogado. Mis hijos también lo han visto. Hay una de las mellizas que cuando lo ve se enloquece", cuenta Ada indignada. Pero a pesar de todo, tanto ella como Elías, dicen que respetan lo que la justicia dictaminó. En abril de este año, Luque también salió en libertad, pero su perfil es más bajo.
El crimen de María Soledad Morales no fue uno más, sino que marcó un antes y un después en la provincia. Para Elías, todo el padecimiento y la lucha no fueron en vano: "Hubo un arranque de la justicia para mejor, pero hoy en el país hay una impunidad total, así que no creo que seamos la excepción de eso. Es lenta la justicia, el poder político se mete en eso. Eso no ha mejorado, no sé si no estamos peor". ?
Colaboró: Daniela Rossi
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