Yo también vi al bailarín de 1 y 61

Da rienda suelta a su desinhibición desde el balcón de su departamento, que da a la calle. Los pibes lo aplauden desde la parada de micros, y el video de su danza bate récords en Youtube
27.02.2012 | 08.31 Comentar   |   FacebookTwitter
Por Pablo Spinelli
spinellipa@gmail.com


El hombre conjuga dos pasiones: bailar y tomar sol. “Cuando está nublado yo me deprimo”, dice. En cambio, con el sol brillante, él se enciende, su balcón se convierte en un escenario, y su esquina en un llamador. Por allí pasan cientos... miles de personas. Algunos se sorprenden, otros ya lo conocen desde hace tantos años que se extrañan al no verlo. A unos 30 metros hay una parada de micros que se vuelve platea cuando empieza la función y suele estallar en un aplauso.

La música suena y puede ser variada. Él sale con el torso desnudo y una zunga o un bóxer (a veces suma algún ornamento que bien puede ser un cinturón) y despliega una coreografía improvisada. Parece dejarse llevar, como poseído. Y canta, o hace que canta. Se sabe observado, pero lo disimula burdamente. No mira a sus espectadores, pero sonríe. Cierra los ojos, abres los brazos en cruz, levanta la cabeza al cielo y gira como un trompo loco.

Dice no tener televisión, no usar celular, ni tener idea de cómo acceder internet. “Si los tuviera, me restarían tiempo para hacer esto que hago”. Obvio, entonces, no tiene mail ni es usuario de Facebook. No ha visto, por lo tanto, los registros de alguna cámara indiscreta. Sabe por terceros que alguna vez su imagen llegó a la pantalla chica, en algún programa de Roberto Pettinato. Y dice no entender lo que le cuentan cuando escucha que el video subido por el usuario ROdri72 a Youtube, disparador de esta nota, tuvo en diez días más de 21 mil visitas. Tampoco tiene idea de que hay un grupo de la red social con el nombre “Yo también vi al bailarín de 1 y 61”, donde se pide que sea declarado ciudadano ilustre.

Se llama Julio César Marelli García, tiene 42 años, y está a punto de recibirse de psicólogo. Hace más 26 años que vive en un departamento que es el único ubicado en el segundo piso de un condominio de tres viviendas, en una esquina que funciona como una suerte de triple frontera en el célebre Mondongo, el casco céntrico y la zona roja.

Es amable. Demasiado para atender el llamado extraño e indiscreto de Diagonales.com, un sábado a la noche. “Por qué pregunta”, dice, al principio desconfiado del otro lado de la línea. Después se tranquiliza y habla sin tapujos de algunos aspectos de su vida y de su costumbre de bailar en el balcón, con la ciudad como testigo. Cuenta, al pasar, que nació en Tolosa, que fue a la escuela de 7 y 32, y que como todo chico de esa zona pasó por el Club Sudamérica y comió en Unión y Fuerza.

“A la gente le gusta lo que hago y se queda mirando, porque yo hago ‘fonomímica’”, dice. ¿?. “Hago como que canto, siguiendo al que en realidad canta”. Y en la variedad está el gusto. Tiene 400 CDs, y un gusto ecléctico. En un video colgado en la red se lo escucha seguir una canción de Soda Stereo, y él recuerda que cuando una amiga le contó que salió en la tele, se escuchaba, Rafaela Carrá. “Y puede ser –se ríe- porque soy fanático”.

¿Pero qué descubrió este hombre hace más de 25 años, cuando empezó con el baile del balcón? “Me entretiene y me pone de muy buen humor, evidentemente libero endorfinas y soy feliz”, analiza. Por eso, como contrapartida, “el bajón” llega cuando toca un día nublado. En el Facebook, sus seguidores dicen haberlo visto en pleno invierno, “con temperaturas bajo cero”, y él no lo niega. “Lo hago todo el año, dos funciones diarias”, cuenta, y emite una carcajada. Una un poco antes del mediodía, y otra a la tarde.

La conexión más llamativa se da con los pibes que van a la escuela y se paran a mirarlo. “Será que ven a un tipo grande, que tiene la edad de sus papás, haciendo algo que no podrían imaginar en ellos”.

En el barrio las miradas se dividen entre los indiferentes, que evitan mirarlo a la cara o saludarlo, y los que lo tienen como un personaje característico, simpático, y lo reconocen cuando pasa. “Los que me retiraron el saludo en realidad envidian mi libertad”, cree que Julio. Y piensa algo parecido con sus compañeros de facultad: “Estoy seguro que muchos me han visto, o han mirado los videos que dicen que circulan, pero nadie me dice nada”.

A Julio se lo escucha feliz y despreocupado por lo que piensen de él. “Quien quiera verme ya sabe donde estoy, y seguiré bailando y tomando sol mientras en eso encuentre placer”, dice. E interroga a su interlocutor, quien no encontró otra respuesta que el silencio: “Desde mi balcón tengo una vista hermosa de la ciudad, con los árboles del bosque por encima de los techos de las casas. Eso me motiva, y hago con ello lo que cualquiera haría ¿O usted acaso no lo haría?”.
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