Por Ernesto Tenembaum

Castillo de naipes

02.07.2009 | 18.39   |   FacebookTwitter

Ernesto Tenembaum
Entre tantas lecciones que dejan los resultados del domingo pasado, prefiero destacar una de ellas: el famoso aparato político del conurbano bonaerense no sirve absolutamente para nada. Cada vez que se lo pone a prueba, falla. Es increíble que tantos hombres de poder hayan evaluado tan mal su real capacidad para definir una elección. Y es, especialmente, increíble que Néstor Kirchner haya caído en la misma trampa.

La primera que lo demostró fue Graciela Fernández Meijide en 1997, cuando derrotó a la inmensa mayoría de los intendentes del conurbano, que sostenían la candidatura de Hilda “Chiche” González de Duhalde. En aquel entonces, el aparato parecía invencible. Y, sin embargo, Fernández Meijide lo borró del mapa. Demostró que podía ganarle.

La segunda vez que eso se pudo ver fue en el 2003, cuando Kirchner logró el segundo puesto en la elección presidencial, y –apoyado en el mismo aparato que respondía claramente a su padrino Eduardo Duhalde– apenas obtuvo el 25 por ciento de los votos en la provincia de Buenos Aires. ¿Cuánto de ese 25 por ciento era del aparato y cuánto de gente que no quería un escenario de ballottage entre Menem y López Murphy? Es imposible saberlo. Pero ya estaba claro que los votos que arrastraban los intendentes no alcanzaban para ganar una elección.

La tercera vez que se pudo ver el mismo fenómeno fue en la elección del 2005, cuando se enfrentaron Cristina Fernández de Kirchner y Chiche Duhalde por la senaduría de la provincia de Buenos Aires. En ese caso, Cristina ganó ampliamente en los distritos en los que era apoyada por el intendente local, pero también en los que era resistida por este. Es decir que la influencia de los caudillos municipales en el resultado electoral tendía a ser nula, neutralizada por la potencia del matrimonio Kirchner.

Y la cuarta vez fue el domingo pasado. Esta vez, la dependencia de los jefes comunales fue tal que el propio Néstor Kirchner los forzó a aceptar candidaturas truchas en cada uno de sus distritos. Pusieron la caripela, los muchachos. Y el kirchnerismo perdió en la provincia de Buenos Aires. Apenas superó el 30 por ciento de los votos positivos (un poco más del veinte por ciento del total del padrón). Por tratarse de la maquinaria política más poderosa del país parece bastante débil.
Y eso que no nos fuimos más atrás, porque la elección interna del peronismo en 1987, cuando los intendentes apoyaron a Antonio Cafiero pero el triunfo fue de Carlos Menem, refleja algo similar.

¿Qué es lo que ocurre?

Es muy sencillo.

Para ganar, los barones del conurbano necesitan de un buen candidato. Así cualquiera, dirá usted. Efectivamente. Así cualquiera. Si el buen candidato juega en contra, el aparato pierde la elección. Si juega a favor, la gana. O sea: es un castillo de naipes. Un vientito y se desarma. O, peor: para conservar lo que se puede, se reorienta, se adapta, se esconde.

En las últimas semanas de campaña bastaba recorrer cualquier localidad del conurbano para percibir que la imagen de Néstor Kirchner había desaparecido de los afiches, de los carteles en las rutas, de las gigantografías, de las pintadas en las paredes. Los caudillos locales ya repartían sus boletas solas, sin la cabeza de la lista, porque percibían que eso les restaba votos. O sea: no cumplían con su promesa, su pacto implícito, traccionar votos para su líder, en cualquier situación. Lo dejaban solo. Ellos necesitan un líder que traccione, no al revés.

El periplo del kirchnerismo en ese sentido es sumamente ilustrativo. Fueron ellos los que desarmaron el aparato duhaldista en el 2005, y los que derrotaron a los intendentes que no saltaron el cerco a tiempo. Es decir, sabían que los muchachos eran vulnerables. Es más: habían ganado con un discurso que los exhibía como la renovación de ese estilo de hacer política. Eran la amenaza al aparato. Es difícil saber en qué medida, pero seguramente ese discurso les permitió ganar más consenso en aquella elección. No sólo triunfaban sin el control del aparato, sino también contra el aparato. Eso le daba ciertos aires románticos a la candidatura a senadora de Cristina en sectores que resisten los métodos del PJ bonaerense. Es que los muchachos venden que son invencibles. Y no sólo no lo son. Al contrario, si uno los enfrenta tiene posibilidades de ganarles porque consigue adhesiones en muchos otros sectores de la sociedad. Por su parte, si uno se pega demasiado a ellos, esos sectores se alejan.

Eso es lo increíble: Kirchner había vivido en carne propia ese proceso.

Y, sin embargo, decidió desandar el camino. Una vez que ganó sin ellos, que ganó contra ellos, decidió construir una estructura electoral apoyándose, básicamente, ¡en ellos! El así llamado “poderoso aparato del PJ bonaerense” había perdido en 1987, en 1997, en el 2005 y obtenido una magra proporción de votos en el 2003. ¿Qué garantizaría un resultado diferente en el 2009? Nada. Solamente que Néstor Kirchner pudiera o no traccionar votos. Pero eso era independiente de la dañada estructura política del conurbano. Es más: pegarse demasiado a ella era contraproducente, como se ha visto una y otra vez. Que las grandes movilizaciones durante la pelea con el sector agropecuario se apoyaran en el aparato bonaerense y en el sindicalismo oficialista podía parecer entonces una muestra de fortaleza, pero no: era piantavotos, por decirlo de manera directa.

Quizás haya aquí una moraleja. No se trata de estigmatizar a nadie. En el conurbano hay buenos y malos intendentes. Pero parece muy costoso transformar la adhesión de todos ellos en la principal estrategia electoral. Y si no es imprescindible pactar con todos ellos, y si ellos son débiles, si conforman una especie de castillo de naipes, los líderes del país pueden salir fácilmente de los planteos extorsivos de algunos jefes territoriales: no tienen por qué tolerarles que los hospitales funcionen mal, o que las obras públicas se realicen con sobreprecios, o que las gestiones sociales sean pobres. Parece más bien lo contrario: un presidente o un gobernador que exija gestiones eficientes tendrá más posibilidades de ganar una elección.

Por supuesto que las cosas no se pintan en blanco o negro, y hay un espacio enorme entre la nada y el todo. Pero alguna vez los presidentes deberán animarse a transformar en serio esa zona, que es la más dura, la más pobre, la más violenta del país. Y para eso, las cosas son como son, se requiere una audacia que hasta ahora no ha tenido ninguno de los presidentes peronistas. Los prefieren a su lado. Por alguna extraña razón que contradice a los sentidos, se sienten seguros rodeados por ellos.
Por lo demás, nada dramático pasó el domingo. Las cosas no duran para siempre. Es así de cruel.

Casi como la ley de la gravedad. Lo saben, mejor que nadie, las personas mayores, las que pueden ver las cosas en perspectiva. Uno, a lo sumo, tiene algunos años brillantes, destacados, estelares. Y después pasa. Sea por lo que sea. Uno se cansa, se expone más a equivocaciones, aparecen otros más eficientes, las épocas cambian y uno no tiene una capacidad de adaptación infinita. En fin. Eso. Son pocos los que llegan a la cumbre. Y, tarde o temprano, deben dejar su lugar a otros. Por momentos, uno se ilusiona. El escritor popular cree que siempre escribirá best sellers; el futbolista joven, que nunca llegará el momento de retirarse, y el presidente, que el poder dura para siempre.

Y nada dura para siempre. En este sentido, la derrota de Néstor y Cristina Kirchner estaba escrita. Para ahora, para más tarde, para alguna vez. En general, las mieles del éxito duraron casi tanto como para cualquier otro presidente de la historia argentina. Alguna vez perdió Menem, alguna vez perdió Alfonsín, y alguna vez iba a pasar lo de Kirchner.

Cada uno se prepara como puede para el momento de la derrota, o de la caída, o del crepúsculo, pelea contra el destino como si fuera un molino de viento, sabe que va a perder. Pero debe ser muy difícil aceptarlo. Encima, de repente, los adulones se dan vuelta, huyen despavoridos, miran de reojo y empieza el deporte de hacer leña del árbol caído. Debe ser horrible aguantar eso. Pero son las leyes de la vida, Quien prefiere no bajar, mejor que elija primero no subir.

Y debe saber que la ilusión de ser eternos sólo contribuye a acelerar los procesos.

Una vez más se ha demostrado que, tarde o temprano, lo inexorable es inexorable.

Como que del polvo venimos y al polvo vamos.

Así de cruel y efímero.

Pucha digo.
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