Economía
Veintitres
Por Marcelo Zlotogwiazda

También fue la economía, estúpido

02-07-2009 / 

Marcelo Zlotogwiazda
El Gobierno planteó la elección del domingo pasado como un plebiscito sobre el modelo y obtuvo una contundente derrota, que tiene entre sus principales causas los resultados muy poco satisfactorios que ese modelo arrojó desde la asunción de Cristina Fernández.

Durante la presidencia de Néstor Kirchner el tan mentado modelo había generado altísimas tasas de crecimiento, millones de puestos de trabajo, aumento en el salario real, una brusca disminución en la pobreza y en la indigencia, mejoras en la distribución del ingreso, una notable recuperación en los haberes para la mayoría de los jubilados, y el otorgamiento de beneficios previsionales a más de un millón y medio de personas que hubieran quedado sin cobertura, entre otros logros.

Si bien a partir de 2007 la inflación había comenzado a erosionar algunos de esos logros, el balance a fin de ese año seguía siendo claramente positivo. Y la consecuencia fue lógica. Kirchner terminó su mandato con una muy buena imagen y el oficialismo ganó la elección presidencial con total comodidad.

A partir de 2008 la historia fue bien distinta. El crecimiento comenzó a desacelerarse hasta que la crisis internacional terminó por anularlo, y el resto de las variables señaladas detuvo o incluso revirtió su tendencia. A excepción del Indec, no cabe duda de que ahora hay más pobres e indigentes que hace dos años. Sobre distribución del ingreso se dejaron de publicar datos oficiales y las estimaciones privadas marcan un empeoramiento. En cuanto al poder adquisitivo de los salarios, las amañadas cifras de inflación dificultan su determinación, y si en el mejor de los casos hubo incrementos no fueron generalizados y estuvieron bien por debajo de la etapa previa. Por su parte, la creación de empleo se fue debilitando al ritmo del nivel de actividad y pasó a terreno negativo hace ya varios meses.

Con este panorama, no debería extrañar que así como la promesa de profundizar el cambio fuera acompañada en 2007, la misma idea fue rechazada el domingo pasado. No había cambio positivo reciente que mereciera apoyo mayoritario.

Por supuesto que el abrumador voto castigo también fue consecuencia de un rechazo masivo a cuestiones políticas de forma y fondo, como el manoseo institucional con las candidaturas testimoniales, las crecientes sospechas de corrupción, el empecinamiento en sostener a funcionarios muy cuestionados, etc., etc.

El modelo que el kirchnerismo convocó a defender perdió su eficacia porque durante la gestión actual no se tomaron las medidas necesarias para resolver los problemas que ya habían aparecido, como por ejemplo la inflación, y para profundizar lo bueno que venía de arrastre.

Es cierto que a poco de empezar el Gobierno tomó la iniciativa de aumentar las retenciones, que fue una medida concebida para capturar una renta extraordinaria de manera de fortalecer el frente fiscal, redistribuir progresivamente el ingreso, y de paso desincentivar la excesiva sojización. Era una medida conceptualmente correcta para profundizar un cambio, pero tuvo un diseño tan desastroso como pésimas fueron la lectura política y el manejo del conflicto que terminó en una estrepitosa derrota.

De ahí en más, la única medida transformadora que tomó el Gobierno fue la estatización del régimen previsional, que no sólo terminó con la insensatez de las AFJP sino que además desahogó el panorama de vencimientos de la deuda pública y amplió el margen de maniobra para que el Estado intervenga con el fin de amortiguar el impacto de la crisis internacional y de las dificultades de origen doméstico.

Demasiado poco si se lo compara con la densidad y el ímpetu reformista de la presidencia de Néstor Kirchner.

En esta misma línea de análisis, el fallido encuestador pero siempre agudo e ingenioso Artemio López desarrolló una interpretación que denominó “choripanera-populista” en contraposición a la “lectura intelecto-delirante que atribuye la derrota a la ofensiva oligárquica y de los medios”. Sostiene que en un país donde tras un lustro de crecimiento a tasas chinas persiste en el segundo cordón del conurbano un 40 por ciento de pobreza y un 15 por ciento de indigencia, “era altamente riesgoso enfrentar una elección de la importancia de la del 28 de junio sin un plan asistencial-estatal capaz de transferir ingresos a las familias pobres, o al menos a las indigentes, que obtuviese como contrapartida a la satisfacción de esta necesidad un masivo respaldo electoral”. Provocativo, concluye que debido a esa ausencia de política clientelar “el colorado atorrante nos fumó en pipa”.

El kirchnerismo no sólo convocó a defender la posibilidad de profundizar un modelo deshilachado, sino que además se empecinó en negarse a explicar de qué manera lo pensaba hacer. El slogan para “seguir haciendo” lo que “nosotros hacemos” quedó encerrado en un círculo viciado de insatisfacción.

Insatisfacción que no sólo se expresó volcándose a alternativas de derecha, neoliberales o noventistas. En Mendoza votaron por el vicepresidente que en 2007 eligió el kirchnerismo, en la ciudad de Buenos Aires la figurita estelar resultó Fernando “Pino” Solanas, el socialismo perdió en Santa Fe por un pelito y, más allá de la muy floja elección de Elisa Carrió, la cosecha radical no estuvo nada mal.
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