Veintitrés en el DF
Viaje al origen de la gripe
Foto: VeintitrésSociedad /
Un periodista de la revista visitó México, donde nació la pandemia.
Por Adrián Murano
Acá no pasó nada. Esto fue un invento político del gobierno para darle una mano a Obama, por el tema de la crisis financiera”, me dijo el taxista. Sonreí. “La teoría conspirativa es una tentación universal”, pensé. Camino al hotel desarrolló la historia. Fueron 20 kilómetros cargados de especulaciones. La más inquietante: el plan original era el exterminio de los mexicanos para que no invadieran suelo estadounidense, pero la rápida intervención del gobierno evitó la masacre a cambio de favorecer el negocio farmacéutico a base de barbijos, paracetamol y Tamiflú. “Frente a la masacre, un negociado siempre es un mal menor”, pensé. Pero no lo dije, por temor a que se tomara como una ironía. O peor: que el debate prolongara el viaje. A mi cargo, claro.
Confieso que llegué al aeropuerto Benito Juárez de México DF afiebrado de sugestión. En las horas previas recibí una docena de recomendaciones cariñosas. “Llevá alcohol en gel, barbijo, no hables con nadie a menos de un metro, no toques nada, si estornudás llamá al médico”. En Ezeiza, sin embargo, la rutina era de lo más normal. En la escala de Panamá vi el primer barbijo del viaje. Lo llevaba una chica con el rostro hinchado por la congestión. El segundo barbijo apareció en una feria callejera de Insurgentes, una de las principales avenidas del DF. Cubría la boca de un maniquí. Sonreí. “El humor es el mejor antídoto contra el pánico”, pensé. Pero no lo dije. A mi lado, un puestero acababa de relatarme la catástrofe provocada por la interrupción absoluta de la actividad económica.
Ruptura de la cadena de pagos, lucro cesante y comercios en bancarrota fueron algunas de las calamidades capitalistas que se abatieron sobre la población tras quince días de parate obligado. Pero en el relato no había enojo, sino resignación: “Es mejor perder dinero que vidas, ¿no?”. Verdad irrefutable.
La semana en el DF transcurrió con la normalidad que puede ofrecer una de las urbes más superpobladas del mundo. Sólo algunos rastros de la amenaza reciente: en todos los bares y restaurantes había un dispenser de alcohol junto al jabón, los sanitarios públicos permanecían impecables, varios cocineros usaban guantes descartables y los diarios destacaban que, por el momento, el número de muertes por gripe A permanecía en 136.
Regresé a Buenos Aires un día antes de las elecciones con mi gel a medio usar. Se está terminando mientras escribo este texto. Tengo que comprar otro. Y no es por sugestión.
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