Por Gastón Rodríguez
(Desde Mendoza)
Sandro no va a morir jamás. Esa es su condena desde el día que subió por primera vez a un escenario y enseñó que el diablo bailaba en él. Sandro es eterno por culpa de sus movimientos pecaminosos y por su sexo gitano. También por esa estampa de Elvis latino sin pastillas que supo ser en sus comienzos hasta que por fin se animó a su propio estilo. Mejorado. Único. Sandro tiene estatus de Dios pagano y entre todas las impunidades que eso otorga él solo abusa de aquella que inexorablemente conduce a la resurrección.
Pero Roberto Sánchez no es Sandro. Tampoco su fama, su mito y mucho menos su inmortalidad. Roberto Sánchez es tan solo una desafortunada historia clínica. Una persona deteriorada por dentro a la que hubo que prestarle vida en forma de corazón y pulmones para que no se muera. Hoy, en una cama del área de recuperación cardiovascular del Hospital Italiano de Mendoza, Roberto Sánchez intenta salir victorioso de un transplante mientras un país atento a su suerte pretende convidarle con rezos y oraciones algo de ayuda.
Esperanza. Habían pasado tres horas desde que la noche del jueves se había hecho viernes cuando el teléfono sonó en la casa del cirujano Claudio Burgos. “Sólo pueden ser buenas noticias”, pensó en un abuso deshonesto del optimismo y atendió. “Fui el primero en enterarme. Hasta ese momento faltaba la firma del juez de turno porque se trató de un suicidio con arma de fuego (la muerte del donante) así que recién los trámites se completaron a las seis de la mañana”, recuerda Burgos.
A las siete Sandro abandonó el Instituto del Diagnóstico luego de nueve meses de internación para ser trasladado a Mendoza en un avión sanitario. Un rato antes reunió a su familia en la habitación de la clínica y les dijo: “El momento llegó. Esta es la madre de todas las batallas”. Hubo lágrimas de felicidad y un último pedido, más emparentado con la exigencia que con el ruego: “Quiero estar presentable”. Lo ayudaron, primero, a afeitarse y luego a peinarse. Una ceremonia coqueta que a todos hizo sentir un poco mejor. Ya en viaje, escudado fielmente por su incondicional Olga y por los hijos de ella, Pablo y Manuela, escuchó por el parlante que el comandante del vuelo se presentaba como Vicente Sánchez y acotó: “Igual que mi viejo”. Fue la última vez que Sandro sonrió antes de ingresar al quirófano.
A las 16: 30, en simultáneo con la salida de los órganos desde Buenos Aires con destino de nuevo cuerpo, comenzaba la intervención. Cinco horas más tarde el director del hospital, Miguel Nicolás, anunciaba frente a un enjambre de cámaras y micrófonos que la operación había resultado exitosa y que el paciente Roberto Sánchez se encontraba estable.
Corazón de estreno. De madrugada, mientras su familia dormía en una sala contigua, el Gitano abrió sus ojos negros. Lo que se esperaba que ocurriera alrededor de las 48 horas posteriores a la intervención se adelantó sin aviso. Inmediatamente los especialistas debieron constatar el estado de sus reflejos. Para alegría de todos, y sorpresa de algunos, estaban intactos. Roberto Sánchez estaba al fin despierto. “El sábado ya respondía a algunas órdenes simples pero permanecía somnoliento. El domingo en cambio ya estuvo totalmente lucido. Yo le decía: “Apretame la mano” y él lo hacía. También le hacía señas a su señora”, explica Burgos. Entubado, Sandro sintió que no alcanzaba con gestos y muecas para agradecer tanto. Pidió entonces que alguien le acercara una lapicera a su mano más hábil y en un papel garabateó palabras de amor para Olga. Fue el estreno de su corazón nuevo.
Solo el principio. “Ya superamos una etapa crucial y por esa razón estamos contentos pero pedimos cautela. No seamos triunfalistas”, advierte el neumonólogo Juan Antonio Mazzei, médico personal del artista desde hace 15 años y responsable, junto a Sergio Perrone y Claudio Burgos, de edificar la segunda oportunidad que tiene hoy el cantante. Es precisamente el prestigioso cirujano, apuntado por el mismísimo Gitano para hacerse cargo de la intervención, quien espanta cualquier canto apresurado de victoria: “Todavía es muy pronto para felicitaciones o para predecir un final feliz. Aunque hasta el momento la respuesta ha sido positiva, Sandro es un paciente que llegó con un compromiso general muy importante. Él va a permanecer aproximadamente un mes en el hospital y por eso digo que esto recién comienza. Es cierto que somos optimistas pero hay que ser muy respetuoso de todo lo que implica un transplante cardiovascular. Aún no tenemos la certeza de que esto este ganado”, concluye.
Al cierre de esta edición el último parte médico del artista indicaba que “estaba totalmente despierto y que su evolución seguía siendo positiva”. Que abandonó los analgésicos y que, contrariamente a lo que uno pensaría de alguien con un tubo atravesado en la traquea, esta de muy buen humor.
También se sabe que su nuevo corazón no necesitó de un shock eléctrico para empezar a funcionar y que desde el segundo día del postoperatorio se alimenta a través de una sonda. De continuar con este cuadro favorable las especulaciones más optimistas hablan de una extubación en los próximos cinco días y de dejar atrás un problema renal que arrastra desde que el oxígeno empezó a escasear en su organismo. Todos buenos augurios para una persona que vive gracias a que otra no quiso seguir haciéndolo. Amarga paradoja que se explica porque Roberto Sánchez quizás pretenda parecerse a Sandro, y como él, no quiera morirse jamás.