Imagen: Veintitres Por Alfredo Grieco y Bavio
Si ponemos en la lista a su eterno perseguidor, Estados Unidos, la independencia de Haití es la segunda de América. Es un estado más viejo que México o la Argentina. Son libres desde 1804.
Pero el país más pobre del continente es también la primera república negra del planeta. Como enfervorizada o febril celebración del bicentenario, vivió en 2004 la mayor y más sanguinaria anarquía que nunca conoció. Este 2010, fue asolada por huracanes, inundaciones y sismos tan violentos que amenazaron con borrarla de la faz de la tierra. Primero la historia, después la naturaleza castigaron un país tan sufriente como singular. Hoy está casi acéfalo, con un presidente ornamental, René Préval, que ha perdido su casa y su palacio de gobierno, con el territorio ocupado por una fuerza multinacional aunque muy norteamericana, mientras la cifra de los muertos sigue creciendo, y ha superado ya los 150 mil. Los habitantes son –eran– seis millones y medio: muchos están heridos, y morirán de enfermedades curables. A las catástrofes se suma una exposición de los medios, en especial norteamericanos, que muchas veces conviene llamar poco enterada, aunque no sea menos exhibicionista.
La cobertura de la CNN de escenas de rescate de sobrevivientes entre las ruinas, y de las limitaciones, en vivo y en directo, de la atención médica a la que los haitianos que no murieron instantáneamente pueden aspirar, ha sido señalada como un ejemplo de condescendencia y amarillismo unidas. Muy en particular, la del periodista Anderson Cooper (ver
http://www.bagnewsnotes.com/2010/01/stop-anderson-cnn-just-stop.html). Las efusiones con pantalla dividida (split screen) contrastaron, en el reflejo dorado de muchos ojos latinoamericanos, con la sobriedad post 11 de septiembre cuando cayeron, en suelo del estado de Nueva York, las torres gemelas del World Trade Center.
Generalmente, la cobertura ha sido criticada por enfatizar el carácter de salvadores heroicos atribuidos a las fuerzas internacionales, a la ayuda occidental, y aun, en el caso de la cadena CNN, a periodistas de la propia red, que se constituyeron en auxilio médico y sanitario cuando éste no podía llegar por otros canales. Para algunos críticos, la fiesta autocomplaciente de la piedad y la conmmiseración robaba a los haitianos, perpetuamente infantilizados, de su propia dignidad. En algún caso (
http://www.bagnewsnotes.com/2010/01/why-and-how-i-lost-it-yesterday-over-cnn-getting-off-on-a-haitian-victim-rescue.html) puede verse, y oírse, en vivo, cómo se manipula a una rescatada, recién entresacada de los escombros, para que quede bien en el cuadro de las cámaras.
En otros casos, ha sido la información la que ha sido puesta en duda. Todas las cadenas internacionales pusieron énfasis, y dieron cobertura especial, al hecho de que una prisión en la capital haitiana de Puerto Príncipe perdió sus muros en el sismo, y con ellos sus prisioneros. El énfasis de las coberturas era el peligro de esos terribles criminales sueltos. No todos coinciden (
http://www.independent.co.uk/opinion/commentators/andy-kershaw-stop-treating-these-people-like-savages-1874218.html). Para Andrew Kershaw, que visitó la prisión antes del terremoto del 12 de enero, no había allí “criminales violentos”, “asesinos a sueldo”, “jefes de bandas”, “narcotraficantes”. Más bien, rateros o gente que estaba ahí para que la policía pudiera sacarle dinero a los familiares: “cientos de personas guardadas en jaulas, sin espacio para acostarse, y, literalmente, con los tobillos hundidos en la propia mierda”. En términos más amplios, como ocurrió en el caso del huracán Katrina en Nueva Orleans, una ciudad negra, pero norteamericana, el énfasis de la cobertura en el peligro de los saqueos y en los peligrosos saqueadores también ha sido discutido.
Hace quince años, el escritor argentino C.E.Feiling podía anotar, a propósito de las coberturas estadounidenses de entonces sobre las crisis en la semi-isla caribeña: “No se trata aquí, sin embargo, de conocimientos, sino más bien de su tergiversación. Para esta misma época del año pasado, Haití estaba en todos los televisores del mundo. Ahora, pese a que hubo elecciones legislativas por primera vez en dos siglos, pese a que quizá se produzca el primer cambio de gobierno democrático en la historia del país, Haití ha desaparecido. La moda indica que habría que echarles la culpa a los medios, mencionar la fugacidad con que los acontecimientos se suceden en nuestras pantallas y teorizar sobre la inexistencia de aquello que no tiene cobertura periodística. La moda simplifica: el problema no reside sólo en los medios, sino en el conjunto de interesados “saberes” que ubican sobre el mapa y en la historia a un pueblo. El año pasado, periodistas de indudable buena voluntad, muy críticos del influjo de Estados Unidos sobre Haití, no se cansaban de asombrarse de cómo un país que era riquísimo a fines del siglo dieciocho fue arruinado por sucesivos gobiernos militares. Lo que falta de ese análisis es tan obvio que asusta.
Cualquiera “sabe” que Haití fue el segundo país independiente (1804) de toda América, pero lo que realmente importa es que fue la primera república negra del mundo, y por eso sufrió de entrada el bloqueo de las potencias esclavistas y luego la animadversión de todos los que temían su “mal ejemplo”. Aunque adopte formas menos cruentas, el racismo de ayer sigue vivo hoy”. Resulta difícil decir que haya muerto una década y media más tarde, arrasado con los muertos del terremoto.