Por Darío Epstein
No existe una fórmula mágica para asegurar el crecimiento
Buenos Aires Económico /
¿Hacen falta más estímulos? ¿O llegó la hora de removerlos porque la
crisis financiera terminó? El escenario para este año es de bajas tasas
de crecimiento para las economías más avanzadas por debajo de las de
crecimiento de largo plazo.
La excepción son los EE.UU., aunque el crecimiento que prevé el promedio de los economistas relevados está sobrestimado a nuestro entender, y se daría manteniendo niveles de desempleo en torno de 10 por ciento. De esta forma, aún no se entró en una fase de crecimiento autosustentada con pleno empleo. Además, el crédito no está llegando a la gente y el sector más débil de la economía, el sector inmobiliario, todavía no dio muestras de recuperación a juzgar por las últimas cifras de ventas de viviendas y de toma de préstamos por parte del público. El crédito no está llegando a los individuos, o bien ellos mismos prefieren la política de desendeudamiento ante la difícil coyuntura en materia de empleo.
En este escenario, la reducción del déficit fiscal se hace más difícil. Las proyecciones indican que este año los Estados Unidos presentarían un récord de u$s1,6 billón de déficit en su presupuesto (10,6% del PBI) y u$s1,3 billón para 2011, luego de un rojo en 2009 de 1,4 billón de dólares. Para el resto de la década, la misma Casa Blanca espera que el saldo presupuestario negativo mantenga un promedio de 700 billones de dólares.
Como puede verse en el recuadro, los mayores gastos se corresponden con salud, seguridad social y defensa. Sin embargo, de acuerdo con las proyecciones hasta 2015, los gastos aumentarían más en el Tesoro de los EE.UU. que en el resto de los departamentos.
¿Hay voluntad de ajuste frente a semejantes desajustes estructurales? Según el presidente de ese país, Barack Obama, los cambios que se quieren llevar a cabo incluidos en el presupuesto para el año 2011 lograrían reducir los gastos en u$s1,2 trillón durante toda la próxima década. Tal objetivo se lograría por medio del congelamiento por tres años de gastos discrecionales del gobierno y manteniéndolos luego acordes a la tasa de inflación en el resto de la década. Además, se obtendrían mayores ingresos: u$s800 billones como consecuencia de mayores impuestos y tarifas a los ingresos personales, y por encima de u$s250 billones provenientes de los bancos que se beneficiaron del rescate del gobierno y por la reinserción de los impuestos al petróleo, gas y carbón. La meta de la Casa Blanca es reducir el déficit hasta 3% del PBI, lo que podría decirse una cifra sustentable para el caso de los EE.UU., pero que podría implicar un desastre para otras economías que no tengan tanta demanda internacional, como se supone que seguirá teniendo el dólar a mediano plazo.
¿Son creíbles tales objetivos? Si se tiene en cuenta que el congelamiento en los gastos no abarca los sectores que más comprometen al déficit, como ser defensa (el aumento en los egresos en materia de defensa alcanza 3,4%) y salud, difícilmente se logre la meta. La baja en los egresos afectaría más a programas vinculados directamente con el progreso económico, es decir, afectaría principalmente a sectores como agricultura, educación, investigación y desarrollo y comercio. Esto provoca que el sector privado deba hacer frente a la situación económica del país con menores recursos del gobierno y, por lo tanto, se estaría dando un traslado del gasto desde el sector público hacia el sector privado.
El presupuesto 2011 apunta a la urgente necesidad de crear más puestos de trabajo. Bajo los anuncios del mismo, la tasa de desempleo no debería superar, en promedio durante 2010, 10% del total de la población activa. Sin embargo, la fragilidad en el crecimiento de la economía, los débiles datos que se reportan en materia laboral y el amplio déficit implican que ya no se cuenta con caminos alternativos por los que generar un salto en la cantidad de empleos. Una reducción abrupta en los sucesivos déficits del gobierno generaría tasas de crecimiento y del empleo aún más lentas.
La propuesta por parte de Obama de utilizar la devolución de los préstamos otorgados a los bancos bajo el programa conocido como TARP en un nuevo estímulo para aquellas pequeñas empresas financieras que generen nuevos empleos está siendo muy cuestionada. Si bien las intenciones están puestas en la creación de más puestos de trabajo en un sector que fue directamente afectado por la crisis, la medida aún no fue aprobada por el Congreso.
El aumento en los ingresos sin la suficiente reducción en los gastos por parte del Estado no es sustentable. El déficit de los Estados Unidos debería reducirse a medida que la economía recupere sus músculos tras la peor recesión desde 1930. Si el déficit se mantiene mucho tiempo después de superada la recesión, la economía estadounidense se encontraría amenazada por las mayores tasas de interés y la menor liquidez que se estima se dará, en parte, por los probables problemas de inflación que ya están asomando, tal como se pudo comprobar en el índice de precios del indicador ISM manufacturero.
En síntesis, los gobiernos de países centrales ya gastaron su “bala de plata” y está claro que es todavía muy temprano para hablar de la dolorosa e impopular decisión de reducir el déficit fiscal, ya que es imposible que dicha política pueda encararse sin que se genere un gran trastorno en el crecimiento de la economía ni en la generación de puestos de trabajo, todo un desafío para Obama y los miembros de su gabinete. Por lo tanto, no se puede hablar de remoción de los incentivos fiscales y monetarios, dado que pondría en peligro aún más las cifras de crecimiento económico de mediano plazo que el consenso de mercado está calculando.
Darío Epstein
Presidente de Research for Traders
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