Revelaciones exclusivas sobre el caso Lucas Rebolini Manso

Muerte y misterio

19.03.2010 | 00.00 Comentar   |   FacebookTwitter

Documento. La última foto de Lucas con vida y su pasión por la guitarra.
Sociedad /  Un testigo denuncia brutalidad policial contra el hijo de Grimau y Manso. La fuga del Hospital Fernández que se intenta ocultar. Sus últimas horas.
Por Diego Rojas

Toda muerte crea un dolor sin límites entre los que la sobreviven, condenados a enfrentar una ausencia inabarcable. Sin embargo, ciertas muertes son aún más dolorosas, son todavía más inexplicables. Los enigmas que rodean a la muerte de Lucas Rebolini Manso hacen que pertenezca a esa segunda categoría. El hijo de Antonio Grimau y Leonor Manso murió sin que nadie lo supiera. Estuvo desaparecido durante treinta y nueve días. Desaparecido: esa circunstancia desesperante tan conocida y triste en la historia de la Argentina. Treinta y nueve días en los que su familia no supo nada de él, en que sus amigos no sabían. Treinta y nueve días que terminaron de la peor manera. Su cuerpo fue finalmente hallado en la morgue judicial, donde había ido a parar como un cadáver NN el 10 de febrero, el mismo día de su deceso. No bastaba ese dolor. Esta nota revela que las circunstancias de su muerte están atravesadas por sospechas que se ciernen sobre la eficiencia médica y hospitalaria y sobre el accionar de la policía. Hay muertes que duelen más.

El relato de “Osvaldo”, un testigo que quiso preservar su verdadera identidad, agrega una faceta que no había sido dada a conocer hasta este momento. La versión que se difundió en los medios indicaba que Lucas había salido desnudo de su casa y encontrado en un estado de sobreexcitación y delirio en Castex y Salguero, a quince cuadras de su hogar, el viernes 6 de febrero a la una de la mañana; que unos vecinos llamaron al personal médico y que fue trasladado al Hospital Fernández por una ambulancia. Osvaldo asegura que no es todo tan claro. Que Lucas llegó corriendo hasta ese lugar, que decía haberse escapado del Fernández, que aseguraba haber consumido mucha cocaína. Osvaldo cuenta que tenía una gasa y rastros de sangre, que cuando llegó la policía lo redujo a golpes, que le pisaron la cabeza contra el piso, que usaron una violencia innecesaria. Una testigo que trabaja en el Fernández confirmó esta versión a Veintitrés. A todo el dolor de esta muerte, entonces, se le agregan más enigmas. ¿Cómo llegó Lucas al Hospital Fernández? ¿Llegó por propia voluntad o fue llevado allí por un tercero? ¿Cómo es posible que una persona presa de un estado de exaltación psicotrópica se fugue desnudo y corra sin ser regresado al sanatorio por el personal médico o de seguridad? ¿Por qué usa golpes la policía al acudir a un llamado de ayuda de una persona desesperada? “Me di cuenta de que no era peligroso, sino alguien que necesitaba ayuda”, había dicho el encargado de un edificio de la cuadra desde la que Lucas fue llevado otra vez al hospital.

“Estaba en la guardia y vi un hombre de espaldas. Me llamó la atención porque no tenía puestos los pantalones ni ropa interior –contó una emergentóloga que prestaba tareas esa noche en el Fernández–. Él iba subiendo la rampa por la que llegan las ambulancias. Vi que hizo un gesto como si se sacara una camisa. Quedó completamente desnudo. Un policía que estaba de custodia le gritó. Al escuchar el grito, el hombre salió corriendo. Nadie lo siguió.” La mujer quiso preservar su identidad. La solicitud de no dar a conocer nombres fue una constante entre las personas que aceptaron hablar con esta revista: por respeto a la familia, temor a perder su empleo o, peor, a represalias policiales.


* La nota completa, en la edición impresa de Veintitrés.

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